Una mañana de domingo lluvioso en Buenos Aires, Día del Padre en Argentina, abrí los ojos casi sin querer y me di cuenta que el radio reloj de grandes números rojos no estaba frente a mi, lo buscaba y no aparecía. Imaginé encender el televisor, pero tampoco encontré esa luz testigo que me indica medio dormido donde estoy y donde están los objetos que se me aparecen apenas me despierto.
Tuve que arreglármelas, entre lagañas e imprecisiones, para llegar a la puerta de mi habitación, luego pasar por el baño y enfrentar los obstáculos que el día me había ofrecido. Quise prepararme un mate, pero me di cuenta que la pava eléctrica no iba a ayudarme. Entonces tomé un jarro pequeño y lo llené de agua, como hacían mis abuelos sin ninguna complicación. Pero tenía que estar atento a su hervor, así que me procuré una linterna para poder ver el punto justo del agua. Esos aparatos, son los que uno piensa que tiene que tener, pero que no va a necesitar, por lo que al querer usarla no tenía pilas.
Me dirigí al baño procurando quitarle las pilas a una afeitadora, pero me di cuenta que la linterna llevaba tres pilas, por lo que mutilé el control remoto del televisor, dado que por un tiempo seguramente no lo iba a necesitar.
El agua comenzó a hervir y todo seguía igual, mis mates estarían listos y nada iba a alterarse, al menos eso pensé. La manía de chequear mi celular apenas me levanto, me hizo dar cuenta que nuestra moderna actualidad nos presenta muchas soluciones, pero también muchos problemas si todo no se encuentra alineado.
El corte parecía ser generalizado, imaginé para mi confort, a nivel país. Me aliviaba saber que no eran solo mis alrededores los que lo sufrían. Mal de muchos.
No podía comunicarme con nadie, ni siquiera con mi propio teléfono que carecía de internet. No sabía nada del día, no podía encender la televisión para informarme de lo que sucedía y esa falta de información creí en principio que me haría mal. Pero me detuve un minuto a reflexionar y ahí reafirmé una idea nada original pero que siempre me vuelve a la cabeza: la falta de información no es tan grave como uno la percibe. Al estar siempre conectado absorbemos datos y situaciones que no necesitamos y que en general nos traen ansiedades y algún otro exceso que cada uno sabrá o no canalizar.
Sin Instagram para chusmear la vida feliz e idílica de los demás. Sin Twitter para informarme por demás, reírme o enojarme con las agresiones de desconocidos frustrados que mediante la crítica creen vengarse de quienes logran lo que ellos no pudieron. Sin alguna página de diarios oficialistas u opositores tratando de llevar agua para su molino en época de elecciones. Sin WhatsApp para recibir memes o chistes repetidos. Sin todo eso, igual pude sobrevivir, relajarme, tomarme unos mates y ponerme a escribir para compartir con quienes lean estas líneas que una mañana, totalmente desconectado, me volví a conectar con las cosas simples que te dan paz.
Necesitaríamos más cortes de luz en estos días.